La espiritualidad de la Pequeña Familia del Éxodo nace y encuentra su raíz y fundamento en la palabra de Dios y saca su inspiración en la vivencia concreta de la humilde, pero grande en su atestiguación evangélica, de San Benito José Labre, el santo que rezó “a imagen del camino” (A. Louf). Creemos que es cabal anteponer a estas páginas que van a continuación unas cuantas notas biográficas acerca del Santo, porque creemos que pueden echar lumbre sobre unas cuantas decisiones tomadas por la Comunidad al comienzo de su aún joven recorrido, y a las que la misma quiere permanecer fiel.

Benito José Labre nació en Amettes (Francia) el 26 marzo 1748 y murió en Roma el 16 abril 1783. Siempre sintió un fuerte deseo de consacración en el silencio y en el escondimiento, que le llevó a pedir ser acogido de Trapas e Certosas, que sin embargo lo rechazaron. Y justamente el deseo de ingresar en Trapa lo condujo a Italia, donde descubrió, entre sufrimientos y privazioni que mermaron su salud ya en joventud, su verdadera llamada: el camino, el inacabable recorrido que esta supone, el despojarse de sí, el testimonio silencioso y orante de la búsqueda incansable del Dios Único y Trinitario. Su vida enseña que rezar es despojarse, es pobreza creciente, es amor cada vez más fuerte. En él tocamos (y aquí citamos una vez más a Louf, profundo conocedor del Santo) “un abismo de pobreza y despojo interior, del que cualquier pobreza exterior no es sino un recuerdo emblanquecido”. Así que este testigo de Dios erró de un santuario a otro, de una nación a otra: Lión, Loreto, Roma, Bari, Nápoles, Compostela, Chambery, luego de nuevo Loreto y Roma, donde vivió sus últimos años en un resquicio del Coloseo, y donde cayó muerto en la calle, para ser recogido por un devoto suyo, que lo depuso en su propia habitación.

Espiritualidad Labreniana

El andar silencioso e incansable, el silencio en el testimonio, la precariedad absoluta, el amor por la pobreza, la oración incesante: todas estas enseñanzas procedentes de nuestro Señor Jesucristo, y encarnadas en este magnífico testimonio de vida, hicieron de San Benito Labre el Patrón e inspirador de la Forma de Vida de la Pequeña Familia del Éxodo.

La Comunidad Monástico-Eremita

Todo empezó con una petición de nuestra Fundadora al Arzobispo para poder vivir una experiencia totalmente personal en la soledad, así como solitaria y personal había sido la vivencia del Santo. Luego, en 1997, después de ocho años de reflexión, y por deseo del propio Arzobispo, comenzó la experiencia comunitaria, abierta a todo hombre y mujer que sintiera una específica llamada del Señor. En 1998 dicha experiencia comunitaria tuvo su primera aprobación escrita, que luego se hizo pública con una ceremonia en la Catedral de Ancona, el día 26 de junio de 2003, por parte del Arzobispo de Ancona-Osimo Monsignor Franco Festorazzi, a quien la Comunidad considera Padre amabilísimo, Maestro de Vida y Pastor ejemplar.

Además que de la reflexión espiritual con el Pastor de la Diócesis y con unos cuantos Confesores, nuestra Regla de Vida se desprende de la meditación constante sobre la Palabra de Dios, algunos pasajes del Evangelio, las páginas de los profetas, y sobre todo de las Lamentaciones e Isaías.

Una de las visagras de la espiritualidad estriba en hablar a los hombres apuntando a Dios como al Señor Único de la historia, invitando a los hermanos a liberarse de todo tipo de idolatría, mal que aqueja al mundo contemporáneo y envilece la dignidad del ser Hijos de Dios: entre los muchos pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento que hacen referencia a este asunto, las Monjas y Monjes de la Pequeña Familia del Éxodo gustan de citar particularmente a Isaías 44,8:

“Vosotros sois testigos; ¿hay otro dios fuera de mí? ¡No hay otra Roca, yo no la conozco!” Is 44,8

En la Forma de Vida se ha escrito esplícitamente:

(Los Monjes y Monjas) “Con su vida, sus palabras y sus obras atestiguarán la unicidad de Dios invitando constantemente a sí mismos y a los hermanos a liberarse de toda tentación de no tributar al Dios Trino y Único el culto que le es debido por ser el solo Señor de la vida y de la historia de cada hombre y del universo entero renovado y regenerado por el Cristo en el alumbramiento tremendo y doloroso de la cruz.”

El hábito

De la meditación sobre la Sangre difundida en todo el mundo nace también el color del hábito: azul, para indicar la inmensidad de Dios, Señor del cielo y de la tierra, y rojo, para indicar la sangre que el Hijo vertió por nosotros. En efecto, los miembros de la Pequeña Familia del Éxodo enfocan en el centro de su espiritualidad la adoración Eucarística, rememorando el Cuerpo y la Sangre que Cristo entregó en la Cruz por nuestra salvación.

La Austeridad en la Vida

A imagen de Cristo que ”no tenía donde reclinar la cabeza”, que invita al “ayuno y a la oración” y siguiendo el ejemplo de San Benito Labre, quien comía de lo que le daban, compartiendo con los más pobres que él todo lo que se le ofrecía en limosna, la Pequeña Familia del Éxodo escoje la precariedad como la otra visagra de su vida espiritual. Esta precariedad significa el rechazo de cualquier seguridad humana y confiado total al Señor a través de la Iglesia.

De hecho, en la Forma de Vida está escrito:

“La elección de la precariedad los acompañara siempre, y se expresará en la vida a través de de la pobreza vivivda como despojo que acerca a la tierra de la que procedemos y a la que vamos a volver para hacernos, como Cristo, semilla del Padre a la espera de la Resurrección y de la visión del Rostro de Dios, meta última y beata de nuestra peregrinación.”

Para recordar esta entrega total al Dios provisor y misericordioso, al lado del tabernáculo de la Comunidad está escrito “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46). Así que el abandono de las cosas materiales en Dios debe ser la expresión del abandono interior de toda nuestra vida en Sus Manos, con aquella confianza y aquella fe que permitieron a Pedro andar sobre las aguas.

En la Forma de Vida está escrito:

“Comerán lo que les enviará la Providencia, y se astendrán de todas formas de las carnes, lácteos y huevos todos los viernes.

Ayunarán todos los días excepto el domingo y fiestas, y no tomaran comida o bebida sin permiso fuera de las comidas principales, excepto en caso de necesidad, porque caridad y necesidad no tienen ley.”

El trabajo en el Silencio y en la Soledad

Los Monjes trabajan, como obreros a domicilio, por fábricas de la zona, complementando así las ofertas de los Benefactores. Este tipo de trabajo también es precario, pero el Monje permanece tranquilo y sereno en su celda “como un polluelo que no tiene para comer si no se lo da su madre”(San Romualdo).

En el marco de su radical pobreza, y de su consideración del trabajo como don de la propia Providencia, y de su compromiso por sentirse servos de los hermanos y por no pedir nunca sino cuando de verdad estén necesitados, los Monjes, con el fruto de su trabajo y las ofertas de los Benefactores, proveerán, saliendo de la Clausura, a todo cuanto sea necesario para su mesa y para las necesidades ordinarias de la Casa.  

Jamás ocioso en las horas del trabajo, sino que confiado en el Señor, “quien viste los lirios del campo y las aves del cielo” el Monje desempeña su trabajo en estricto silencio y soledad, sin reclamar remuneración. En efecto, está escrito:

“Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahveh.”Lam.3,26

Por tanto, en la Forma de Vida está escrito:

“Trabajarán permaneciendo solitarios y silenciosos en sus celdas, recordando las palabras de la escritura: ”Que se siente solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios” (Lam 3,28-29).


La Celda

Nos parece cabal detenernos un poco más sobre el amor que el Monje cultiva para con su celda, lugar privilegiado para el encuentro con el Dios Salvador y lugar de comunión con sus Hermanos. Al Monje, hombre de la soledad y de la caridad, le corresponde tomar sobre sí la condición del peregrino, común a todos, y dar testimonio de ella, así como velar para que sea a él a quien se acometa el gran interrogante: Centinela, ¿qué hay de la noche? (Is. 21.11). Así que el Monje es un hombre que vela en el silencio, que “Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios. ” (Sal.42-43, 2) y que en la soledad de la noche eleva a Dios su mirada apasionada y su oración por el mundo.

Escuchamos a San Pedro Damiani, en su conmovedor testimonio sobre el retiro. Él, que siempre antes de entrar en su celda abrazaba la puerta de la misma con amor de esposo, escribió: “Y que más voy a decir de tí, vida eremitoria... Solo te conocen los que te quieren, saben proclamar tus laudes solo los que descansan felizmente en el abrazo de tu amor... Yo también me confieso impar a tu elogio, pero algo sé con certeza, o vida bendita, y lo afirmo sin vacilación: seguramente habita en tí todo el que trate de perseverar en el deseo de tu amor, pero es Dios quien habita en él.”

En la celda el Monje vive su gran amor por Dios y por el mundo, en el silencio y en el escondimiento.


La Comunión con la Iglesia

“Los monasterios – nos lo enseña el Magisterio de la Iglesia – fueron y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un elocuente signo de comunión, una acogedora vivienda para los que buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos talleres de estudio, diálogo y cultura para la edificación de la vida eclesial y de la propia ciudad terrenal, a la espera de la celestial.” (Vida consagrada 12). Y en el mismo documento: “Los ermitaños y ermitañas, pertenencientes a Ordenes antiguos o a nuevas Instituciones, o también dependientes directamente del Obispo, atestiguan con su separación interior y exterior del mundo la provisionalidad del tiempo presente, demuestran con el ayuno y la penitencia que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (véase Mt 4,4)”. Una tal vida “en el desierto” es una invitación a nuestros símiles y a la propia Comunidad eclesial para que nunca se le escape el norte de su suprema vocación que es la de estar siempre con el Señor.” Así que: “Los ermitaños, en la profundidad de su soledad, no solo no huyen de la comunión eclesial, sino que la sirven con su específico carisma contemplativo ” (ibid. 7-42)

La Vigilia Nocturna

La vida de oración del Monje de la Pequeña Familia del Éxodo culmina en la larga vigilia nocturna, que comienza a las 21 horas y termina a las 2 de la madrugada. Hasta el final de la Santa Misa, es decir hasta la medianoche, la puerta de la Capilla permanece abierta para quien quiere compartir esta experiencia de oración. Los monjes tendrán en mente las palabras de la Escritura:

“¡En pie, lanza un grito en la noche,

cuando comienza la ronda;

como agua tu corazón derrama ante el rostro del Señor,

alza tus manos

hacia él por la vida de tus pequeñuelos

(que de hambre desfallecen por las esquinas de todas las calles) ! » (Lam. 2,19)

Por lo tanto, en la Forma de Vida está escrito:

“Siguiendo el ejemplo de Jesús (véaseLc 6,12) pasarán parte de la noche en oración, compartiendo aquella vivencia con los hermanos que necesiten o deseen un tiempo de silencio y de comunión más intensa con el señor en la escucha de la voz del Espíritu Santo que santifica y vivifica todo.”

Esto por ser la noche, espera del día, es signo de la vida terrenal que se dirige hacia la visión beata del Rostro de Dios: “Centinela, ¿qué hay de la noche?”(Is 21,11)

“Mas a media noche se oyó un grito: ¡ Ya viene el novio! ¡Salid a su encuentro!”(Mt25,6)


La Oración Incesante

Rezará, el Monje, día y noche, mientras trabaja y mientras come, durante todas las veinticuatro horas, en la noche y en el descanso, en el alba y en cada instante de su jornada acogida y donada. En el escondimiento absoluto llevará a Dios el ruego incesante de ver un día su Rostro, de quererlo por encima de todo, de vivir en comunión con el universo “la obra de sus manos” (Sal.19,2).

Su corazón siempre será copado por las páginas de la Escritura, para conversar de Dios en la plenitud de la intimidad que Él reserva para sus amigos. Escrive el Padre Lassus: “Esa oración continuada del ermitaño se parece a la respiración jadeante de ciertos animales sedientos, a veces furibundos por la sed, que anhelan a alcanzar por fin un manantial de agua viva.” Así el Monje habita en Dios. En un mensaje, Pio XII dijo: “Este es el corazón de la vida contemplativa: habitar en Dios en el amor, para que Dios habite en nosotros” (26 julio 1958). Y luego el Papa Juan Pablo II, dirigiéndose en 1981 a los contemplativos remachó: “seguid atestiguando con fuerza y humiltad la dimensión transcendente de la persona, creada a semejanza de Dios y llamada a vivir en la intimidad con Él”.

La Peregrinación

Con la peregrinación se pretende seguir en el ejemplo de San benito José Labre: silencioso y respetuoso camino por las calles, sin mendigar, sin hablar, sin hacer otra cosa que rezar ante el Tabernáculo de cada Iglesia que encuentren abierta, ante cada imagen sagrada por las calles, listos, por esto, a padecer cualquier humillación, testigos de Dios, como Benito Labre “en y por su oración”(A. Louf ).

Por lo tanto está escrito en la Forma de Vida:

“Por turno, todos los días del año excepto los domingos y las fiestas, llevando consigo el Breviario, una Biblia y el Rosario, peregrinarán de Iglesia a Iglesia, quedando en silencio, adorando al Señor y suplicándole que mire con bondad y misericordia a Su Pueblo en camino. “Porque él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su pasto,” Sal.95, 7.”

La Vida Fraternal.

Los Monjes viven su jornada en la celda, donde consumen sus comidas en soledad. La cena se tomará de pie, a recuerdo de la pascua judía y en preparación para la vigilia nocturna. Los domingos y algunos días de fiesta tomaran sus comidas juntos, en silencio. Los domingos por la tarde, después de compartir la Lectio Divina, los Monjes pasarán el resto de la tarde en recreo. Posiblemente una vez al mes saldrán fuera para pasar un día al aire libre, rezando y hablando los unos con los otros.


El Recorrido de Formación

El recorrido formativo contempla una etapa de pre-postulación, si es necesario, una postulación propiamente dicha, de uno o dos años, o incluso más, según decida el Superior; un noviciado de por lo menos dos años, y la admisión a la Promesa de Obediencia, a renovar luego cada año.

Durante el periodo de formación el novicio se dedicará al estudio de la Teología y a la meditación sobre la Escritura, y además al aprendizaje de trabajos artesanales útiles para el sustento de la Comunidad.

Siempre serà posible acudir a Cursos Bíblicos y Teológicos según las capacidades de cadauno, porque el estudio y el profundizaje de la Palabra de Dios acompañarán a los Monjes a lo largo de toda su vida.


La Acogida

Se dedicará un cuidado particular a las familias, sobre todo a los padres, del Monje, quienes podrán visitarlo cada dos meses y comer con él una vez al año.

En espíritu de obediencia a su Pastor, la Comunidad ha abierto las puertas del locutorio un día por semana para las Confesiones, el acompañamiento espiritual, la introducción a la Lectio Divina y la escucha de personas en dificultad.

Para cualquiera que quisiese compartir la vida de los Monjes, el Monasterio pone a disposición una celda para un máximo de cinco días.

Una jornada de la Comunidad

8.30-9.00: levantarse, oración personal y desayuno. Ordenamiento de la Celda

9.30-11.00: Laudes en común y retiro en celda para la meditación

11.00: trabajo, también fuera de la celda, y donde sea necesario para las actividades de la Casa

13.00: almuerzo, ordenamiento

13.30-14.30: estudio o lectura

14.30: Hora Media y trabajo en la Celda

17.30: Víspera en común

18.00-19.30: trabajo en la Celda

19.30: cena y preparación de la Vigilia

21.00: inicio Vigilia con adoración

22.30 Oficio de las lecturas

23.30: Santa Misa.

00.00: retiro en la Celda para la lectio divina

01.30: en la Capilla para Completas, petición de perdón

02.00: descanso

Los domingos, martes y fiestas la Santa Misa se celebra a las 19 horas.

Conclusión

“Puedan Maria, Madre de los Pecadores, San Benito José Labre y los Santos Protectores conducir hasta su cumplimiento, en la fidelidad gozosa y en la caridad fraternal, la obra que Dios comienza en los que Él llama.” (de la Forma de Vida)

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